La adoración invita a Jesús a nuestras luchas...
Sin embargo, mantener esa ancla de fe no significaba que la vida estaría exenta de un desgarro emocional devastador. Cuando María León perdió trágicamente a su padre, su mundo se hizo pedazos; entonces, acudió a la adoración simplemente para clamar al Señor que tanto ama y hallar consuelo para su corazón sangrante. Arrodillada ante el Santísimo Sacramento, en sus momentos de duelo más crudos, comprendió que la adoración no borra mágicamente el dolor ni hace desaparecer las adversidades de la vida. La vida está plagada de luchas profundas y abrumadoras; no obstante, la hermosa verdad que ella descubrió es que el Señor nunca nos abandona para que suframos en soledad. Lejos de ser una vía de escape, la adoración se convirtió en el espacio sagrado donde ella invitó a Jesús a entrar directamente en su propia fragilidad, dándose cuenta de que Él lloraba con ella y recorría, paso a paso, cada instante doloroso de su duelo, justo a su lado.